Me gusta ver el rugby de pie en un Irish pub o en un British pub, rodeado de una melé de gente —nunca mejor dicho— que, al igual que yo, tiene una pinta en la mano, como quien sostiene una vela durante la celebración del Christingle (“celebración cristiana británica de Adviento y Navidad en la que se encienden velas como símbolo de la luz de Cristo”).
Para mí hay algo mágico en verlo así, rodeado de gente con la mirada fija en la televisión, como el niño que, en Navidad, contempla fascinado los anuncios de juguetes. La gente le habla al televisor, le grita «Come on!» o «Shit!», da golpes en el suelo, se lamenta o celebra cada jugada. Se cruzan miradas, comentarios y gestos de complicidad, y se hacen amigos que quizá solo duren 80 minutos.
En una extraña comunión que se da entre la gente alrededor de un televisor que habla en inglés.
Llega el descanso y, en ese momento, empieza a sonar alguna canción de Blur, Happy Mondays, Pulp, The Smiths, Oasis… y, por un momento, olvido por qué estoy allí. Me gustaría estar en cualquier sótano de un pub de Camden, Mánchester o Leith, escuchando música con una pinta en la mano. Y, ya puestos a soñar, imagino cómo sería mi vida allí: terminar una semana aguantando a un jefe de mierda en un trabajo de mierda y acabar el viernes en un pub, con una pinta en la mano, escuchando a algún grupo de garage rock.
Llega la segunda parte. Siguen corriendo las pintas, la melé de gente te empuja, gritas con ellos, te alegras o sientes tristeza con ellos y por ellos, como si, de repente, hubieras ido de la mano de tu padre o de tu tío a ver al hijo de la vecina jugar, una mañana lluviosa, en algún campo de rugby de Terenure y, hoy muchos años después, estuvieras viéndolo jugar en Swansea desde un pub de Dublín
Acaba el partido, apuras la pinta y vuelve la música. Te despides de gente que no conoces con un «bye» o con un gesto de la mano. Sales a la calle, llena de personas que quizá nunca hayan vivido esa extraña experiencia de amar, odiar, llorar o reír viendo un partido de rugby en un pub.