Señales.

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Todavía recuerdo aquel polo verde de mangas largas con una especie de ciervo bordado. Me lo compró mi madre cuando apenas tendría yo diez años, en la tienda de deportes de El Corte Inglés, donde ahora hay un supermercado.

No sé por qué, pero ese polo me gustaba especialmente. Por aquel entonces no sabía qué significaba aquel ciervo bordado, ni mucho menos qué era eso del rugby. Pero recuerdo mirarme al espejo con él puesto, salir a la calle y querer que la gente me viera con él. Aquel ciervo bordado era una señal, aunque yo todavía no supiera leerla.

Diecisiete años después me compré mi primera camiseta de rugby del mismo color, con el mismo springbok en el pecho, y volví a tener aquella extraña sensación, como si algo que creía olvidado hubiera vuelto a palpitar dentro de mí, igual que un viejo amor que regresa en un tango argentino.

Un año más tarde, a finales de octubre de 2012, en Utrera, en un campo de césped y barro, mucho barro, un balón oval llegó a mis manos. Lo apreté contra mi pecho en carrera. No sé si era yo quien intentaba proteger aquel balón o si era el balón el que me protegía a mí, como si por un instante me convirtiera en uno de esos superhéroes que veía jugar en Canal Plus.

Y justo en el momento en que lo solté para pasárselo a un compañero, volvió aquella sensación. La misma que había sentido de pequeño, muchos años atrás, en aquel probador de El Corte Inglés.

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