A propósito de Henry

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Recuerdo cuando mi profesora, doña Rosa —allá donde esté, espero que esté bien—, nos puso aquella película. Aquel día nos preguntó qué película queríamos ver, y yo propuse Aventuras de un caballo blanco y un niño. Ese día comprendí que uno no debería ponerse en contra de la Iglesia: nadie votó por mí y todos eligieron A propósito de Henry.

Así que allí nos tienes, por aquel año 1995, en el colegio Andalucía, viendo una interesantísima película donde a un tío le meten un tiro y termina convertido en el hermano bueno de sor Ángela de la Cruz.

De este Henry, a día de hoy —ni Dios lo quiera—, nadie le ha metido un tiro… pero a más de uno ganas no le faltan.

Pero lo reconozco: me siento igual que cuando, en el grupo de amigos, nadie quería reconocer que le gustaba Camela:

“Y como le digo yo
Que ya no quiero estar
Con ella nunca mas
Que tengo un nuevo amor
Empezara a llorar
Y no querra vivir
No se que voy a hacer
Si yo te quiero a ti
No lo resistira
Yo se que sufrira
Jamas lo entendera”

Con este tipo me pasa igual: cuando veo un partido suyo me parece hipnótico. Sé que van a pasar cosas, para bien o para mal. Toca el oval y todo el mundo espera algo de él.

Por suerte o por desgracia, creo que es el futuro del rugby: un jugador diferente, capaz de lo mejor y de lo peor.

Como hemos dicho antes, es el típico chulo de otra plazoleta al que le partirías la cara delante de la chica guapa de la plaza; o el típico del que te alegrarías como un pardillo si se liara con la chica que te gusta.

Pero, volviendo al rugby, he de reconocer que Henry Pollock ha sido un golpe de aire fresco. Y no lo digo solo por los gestos, por la cara de no pedir permiso o por esa manera de jugar como si el partido le debiera algo. Lo digo porque, cuando entra en el campo, cambia el ritmo. A veces se equivoca, a veces se pasa de vueltas, a veces parece que juega demasiado cerca del borde; pero ahí está precisamente parte del asunto. Pollock no transmite la sensación de estar esperando a que el rugby le dé un sitio. Juega como si hubiera llegado para quitárselo a alguien.

Un tío que, en su debut absoluto en el Seis Naciones, mete dos tries contra Gales. Y, por si faltaba algo, también fue British & Irish Lion: el jugador más joven de la gira de 2025 y el delantero más joven en vestir esa camiseta desde 1968.

Un chico que va a la guerra y no se esconde; que contra Nueva Zelanda, saliendo desde el banquillo, es capaz de revolucionar un partido; o que, en una final de Premiership contra Exeter, acaba siendo nombrado mejor jugador del partido.

Medio mundo, y el otro medio también, está esperando que pise Sudáfrica como si fuera el villano definitivo del rugby mundial. Mientras, la otra mitad —bueno, mucho menos, la verdad— lo miramos como aquel Holyfield joven que, con once combates profesionales, se plantó delante del campeón Dwight Muhammad Qawi.

Allá, al final de los años 50, un gitano del Corral de los Frailes, en la Alameda de Hércules, le cantaba a una cuarterona de Jerez, y a sus ojos negros, La niña de fuego.

Salvando las distancias —más quisiera el amigo ser de la calle Sol de los Jerelez—, pero como decía aquel anuncio sobre la Faraona que nunca existió: juega Henry Pollock. No se lo pierdan.

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