Greig Laidlaw

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El medio de melé que convirtió el pie y el mando en una forma de resistencia escocesa.

Durante muchos años, Escocia tuvo en Greig Laidlaw a un jugador que explicaba bastante bien la identidad competitiva de su selección. No era el más vistoso, ni el más explosivo, ni el más asociado al highlight de fin de semana. Su importancia estaba en otra parte: en la dirección, en la gestión del ritmo, en la precisión con el pie y en una capacidad muy poco común para sostener al equipo cuando el partido se iba hacia zonas incómodas. Laidlaw fue uno de esos medios de melé que no necesitan dominar el foco para dominar el encuentro.

Su carrera internacional lo dejó en un lugar de peso dentro de la historia escocesa: 76 tests, 714 puntos y el récord de 39 partidos como capitán. A eso se añadió una presencia muy seria en los grandes torneos de su tiempo, especialmente en el Mundial de 2015, donde lideró a Escocia hasta los cuartos de final y terminó como el jugador elegible para los Lions con más puntos del campeonato. No fue una figura construida desde la grandilocuencia, sino desde la fiabilidad. Y en un rugby como el escocés, eso terminó teniendo un valor enorme.

Origen y primeros pasos

Greig Laidlaw nació el 12 de octubre de 1985 y quedó muy ligado desde joven al rugby de la Borders, una de las cunas tradicionales del juego en Escocia. Su apellido, además, ya tenía peso ovalado: era sobrino de Roy Laidlaw, internacional escocés y figura del Grand Slam de 1984. Pero su carrera no se sostuvo por herencia, sino por una forma muy reconocible de competir y entender el partido.

Antes de asentarse en la élite, fue creciendo dentro de la estructura escocesa hasta convertirse en una pieza importante de Edinburgh Rugby. Allí empezó a construirse su perfil de medio de melé metódico, competitivo y con una bota cada vez más determinante. En el club de la capital acumuló 137 partidos y 598 puntos, una base muy seria antes de dar el salto a una carrera de mayor recorrido internacional.

Edinburgh, Gloucester y Clermont

Su primera gran etapa de club fue en Edinburgh, donde se hizo un nombre en el rugby profesional escocés y se ganó una reputación muy clara: la de jugador de carácter, líder competitivo y pateador fiable. Más tarde pasó por Gloucester, un movimiento importante porque le permitió medirse de forma continua en el rugby inglés y dar todavía más peso a su condición de gestor del partido.

Después llegaría una etapa en Clermont Auvergne, donde siguió compitiendo al máximo nivel europeo y añadió un nuevo tramo de exigencia a su carrera. Con el tiempo, su recorrido se completó en Japón con los NTT Shining Arcs, luego transformados en Urayasu D-Rocks, un último escenario que terminó siendo importante no solo como jugador, sino también en su transición hacia los banquillos.

Su forma de jugar

Lo que distinguía a Laidlaw era la sensación de que siempre estaba entendiendo el partido un poco antes que los demás. No era un medio de melé construido desde el caos, sino desde el control. Su juego combinaba una salida limpia desde la base, muy buena lectura territorial, serenidad en las decisiones y una capacidad de castigo con el pie que lo convertía en una amenaza constante cada vez que Escocia lograba instalarse en campo rival.

También pasó por dos funciones distintas dentro del equipo. En sus primeros años internacionales fue utilizado como apertura, pero con el tiempo se asentó definitivamente como medio de melé, una posición que encajaba mejor con su manera de ordenar el juego. Desde ahí se volvió todavía más importante: dirigía, calmaba, aceleraba cuando tocaba y, sobre todo, transmitía la sensación de que el equipo tenía una brújula incluso en los tramos más tensos.

Escocia y el peso del brazalete

Laidlaw debutó con Escocia en 2010, saliendo desde el banquillo ante Nueva Zelanda. A partir de ahí fue creciendo hasta convertirse en una de las voces principales del equipo. Su relación con la selección quedó marcada por el liderazgo: terminó con el récord masculino de partidos como capitán de Escocia, con 39, y como segundo máximo anotador histórico del país, solo por detrás de Chris Paterson.

Esa combinación ayuda a situar bien su importancia. Laidlaw no fue solo un buen internacional, sino uno de los jugadores que más peso han tenido en la estructura moderna del rugby escocés. En una selección que durante años trataba de encontrar continuidad y personalidad, él representó las dos cosas: orden y carácter.

2015: el gran Mundial

Si hay un torneo que resume bien la dimensión internacional de Greig Laidlaw, ese es el Mundial de 2015. Escocia alcanzó los cuartos de final y él fue una de las piezas centrales de aquella campaña. Sumó 79 puntos, más que cualquier otro jugador elegible para los British & Irish Lions en ese campeonato, y firmó actuaciones muy determinantes, incluida la victoria por 36-33 ante Samoa, donde anotó 26 puntos y un ensayo decisivo.

Aquel Mundial confirmó que su liderazgo no dependía solo de la formalidad del brazalete. Laidlaw llevaba el partido en el pie, en la cabeza y en la gestión emocional de los momentos grandes. Por eso fue nominado también al premio al mejor jugador del año de World Rugby. No era una figura dominante por físico o por exuberancia, sino por temple. Y en un torneo largo, ese tipo de mando pesa mucho.

Lions y los últimos años como jugador

En 2017 fue llamado para la gira de los British & Irish Lions a Nueva Zelanda, una citación que terminó de reforzar su estatura internacional. No todos los grandes jugadores de una selección alcanzan ese reconocimiento, y en su caso tuvo bastante lógica: era un medio de melé fiable, experimentado y con un historial probado en partidos de mucha tensión.

Su última etapa como jugador llegó en Japón. Allí encontró no solo un cierre de carrera, sino también un nuevo comienzo. En 2020 arrancó su aventura con los Shining Arcs, con esa mezcla de competitividad y curiosidad que ya había marcado otros movimientos importantes de su trayectoria. El retiro internacional había llegado en 2019, pero su vínculo con el juego todavía no estaba cerca de cerrarse del todo.

Después del rugby

Laidlaw ha seguido dentro del rugby una vez terminada su carrera como jugador. En Japón dio el paso a los banquillos y llegó a ser head coach de Urayasu D-Rocks. Más recientemente, además, se incorporó a la estructura de Escocia sub-20 en labores de consultoría. Ese recorrido encaja bastante con la lógica de su carrera: alguien que entendía muy bien cómo ordenar un partido desde dentro tenía muchas opciones de seguir haciéndolo desde fuera.

Su presente, por tanto, no está ligado a una retirada silenciosa, sino a una continuidad natural dentro del deporte. Primero como jugador de mando; después, como entrenador y referencia para nuevas generaciones.

Legado

Greig Laidlaw ocupa un lugar importante en la historia reciente de Escocia. No por una épica aislada ni por una carrera hecha de fogonazos, sino por algo más duradero: la regularidad, el mando y la sensación de que el equipo siempre tenía una salida competitiva cuando él estaba al frente. Fue un medio de melé de pie fino, cabeza clara y enorme resistencia emocional.

Su legado se entiende bastante bien así: uno de esos jugadores que ayudan a explicar una selección sin necesidad de ser su figura más ruidosa. En una Escocia que recuperó presencia competitiva en la última década, Laidlaw fue uno de los nombres que más contribuyeron a que el equipo volviera a parecer serio, incómodo y difícil de doblar.

Fuentes consultadas

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